miércoles, 31 de mayo de 2017

ORACIÓN A MARÍA, REINA INMACULADA

La oración cuenta con Imprimátur de Mons. Georges-Louis-Camille Debray, Obispo de Meaux, dado el 26 de Abril de 1958:
María Reina Inmaculada, mirad a nuestro pobre mundo trastornado y enfermo; Vos conoceis nuestras miserias y nuestras debilidades, tened piedad de nosotros.
 
Jesús os ha dado derecho sobre toda la humanidad, Él os ha confiado los tesoros de sus gracias. Él quiere concedernos por vuestra intercesión su perdón y su misericordia. Por eso en las horas de angustia, nos volvemos hacia Vos que sois nuestra única esperanza. Reconocemos vuestro reinado universal y queremos vuestro triunfo.
  
Tenemos necesidad de una Madre y de su Corazón. Sed la aurora luminosa que disipe nuestras tinieblas y nos muestre el verdadero camino de la vida. Sed la fuente inagotable donde vengamos siempre a beber el valor, la confianza y el amor. Sed el lazo que una a todos los hombres y el símbolo de la paz. Sed la Madre de los días de grandes pruebas que salva en las horas de peligro. Amén.
 
¡Oh María Reina Inmaculada, triunfad y reinad! (3 veces)

NUESTRA SEÑORA, CORREDENTORA DE LAS ALMAS

Artículo publicado en la revista SÌ SÌ, NO NO, número 11 (15 de Junio de 2013). Traducción tomada de TRADICIÓN CATÓLICA (Febrero de 2014)
     
  
Importancia de la cuestión
Durante el Concilio Vaticano II -el 29 de octubre de 1963 para ser exactos-, el cardenal Franz König se enfrentó al cardenal Rufino Jiao Santos, de Manila, quien quería insertar el tratamiento sistemático de la mariología en un documento aparte para dar así mayor realce al papel de María Mediadora y corredentora; König, por el contrario, deseaba que la mariología fuera tan sólo un capítulo minimalista, y que se insertara en el De Ecclésia: de ese modo no se contrariaría a los protestantes. El Concilio aprobó la tesis de König por 1114 votos contra 1097, es decir, nada más que por 17 votos de diferencia.
   
Entre los teólogos que se oponían a la doctrina de la corredención en el Concilio y en el periodo postconciliar hallamos algunos que habían empezado a negar con vehemencia la doctrina de la corredención desde los años treinta a los cincuenta, como, por ejemplo, Yves Congar (Bulletin de théologie, en Revue de sciences philosophiques et théologiques, nº 27, 1938, pp. 646-648), Edward Schillebeeckx (María Madre de la Redención, Catania, 1965), Karl Rahner (El principio fundamental de la teología mariana, en Revue de sciences religieuses, nº 42, 1954, pp. 508-511) y Hans Küng (Christ sein, Munich-Zurich, 1974).
  
Jean-Yves Lacoste es claro respecto a la actitud del Concilio en punto a la mariología:
«Aunque en la Lumen Géntium 53 se habla de María en relación con la Iglesia y tocante a su maternidad espiritual, Pablo VI quiso proclamar que María era Madre de la Iglesia, pero sin dar a su proclamación ningún valor dogmático (cf. DC, nº 61, 1964, p. 1544). Además, el Concilio Vaticano habla de mediación una sola vez, de manera marginal, en la Lumen Géntium 62, para expresar la intercesión de María. El título de Corredentora lo evita adrede el Concilio Vaticano II, y por eso se impugna dicho título después del Concilio, y con razón, a causa tanto de la ambigüedad conciliar como del rechazo protestante» (Dizionario Critico di Teología, Roma, ed. Borla-Città Nuova, 2005, pp. 811-813).
  
Sin embargo, la cooperación de María a la redención [1] de Cristo (corredención y dispensación de la gracia [2]) no es una cuestión baladí en la teología dogmática católica: toca el corazón mismo del dogma, esto es, la salvación del género humano [3]. En efecto, Dios era libre de redimirnos o no después del pecado de Adán (la gracia no se le debe a la naturaleza, sino que es un don gratuito de Dios) [4], y también era libre, por lo que hace al modo de efectuar tal redendención eventual, de redimirnos mediante Cristo solo, o bien por medio de Cristo junto con María, verdadera Madre suya. Por eso es menester estudiar en las dos fuentes de la revelación (Tradición y Sagrada Escritura), interpretadas por el Magisterio eclesiástico, qué fue lo que Dios estableció.
  
Mediación de María en general
Santo Tomás enseña que se requieren dos condiciones para que una persona pueda llamarse mediadora: 
  1. Hacer de medio entre dos extremos (mediación natural, física u ontológica);
  2. Juntar ambos extremos (mediación moral) (S. Th. III, q. 26, a. 1).
En conclusión, el mediador es una persona que se interpone ontológicamente entre otras dos con su presencia física para juntarlas, o que las junta de nuevo moralmente con su acción (si estaban unidas en un primer tiempo y luego se malquistaron). Ahora bien. María posee a la perfección estas dos características: ontológicamente está en medio, entre el Creador y la criatura, al ser verdadera Madre del Verbo encarnado y auténtica criatura racional; y como verdadera Madre de Dios redentor trabajó por volver a juntar al hombre con Dios. Por eso tiene algo en común con los dos extremos, bien que sin identificarse completamente con ellos: se acerca al Creador en cuanto Madre de Dios; mientras que, por otro lado, se acerca a las criaturas por ser verdadera criatura. De aquí que convenga con los dos extremos en cierto sentido, y que en otro se distancie de ellos.
  
María, además de mediar ontológicamente entre Dios y el hombre, ejerce asimismo una mediación moral entre ambos: con su “fiat” a la encarnación del Verbo, el cual muriendo en la cruz, restituyó al hombre, herido por el pecado de Adán, lo que había perdido: Dios, o su gracia santificante, y lo restableció en la filiación sobrenatural de Dios al hacer que volviera a hallar la gracia divina; y todo ello a sabiendas y voluntariamente (cooperación remota o preparatoria a la redención de Cristo). María sabía, cuando respondió al arcángel Gabriel «ecce Ancílla Dómini, fiat mihi secundum verbum tuum» (Lc 1, 38), que el Redentor salvaría a la humanidad muriendo en la cruz (cooperación formal a la redención), como había sido predicho por los profetas del Antiguo Testamento y como le había dicho el propio Gabriel: «y concebirás en tu seno, y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, que significa salvado» (Lc 1, 31). De aquí que no fuera sólo Madre de Dios, sino Madre de Dios crucificado para la redención del género humano [5]. Podemos, pues, afirmar con San Beda: «La anunciación del ángel a María fue el inicio de nuestra redención» (Migne, Patrología Latina 94, 9).
  
Los errores de los protestantes y de los modernistas
Verdad es que Cristo constituye el único Redentor y Mediador universal de todos los hombres (Rom 5, 18; I Tim 2, 5) [6], mas Dios quiso que el Verbo se encarnara en el seno de María y nos salvara con su muerte en la cruz. Estando así las cosas, hay una mediadora secundaria y subordinada (María) cabe el mediador principal (Cristo) [7].
  
Jesús no sólo nos redimió mereciéndonos la gracia mediante su muerte en la cruz, sino que aplica a cada hombre la gracia suficiente para salvarse. Él es el Redentor y el Dispensador principal de toda gracia. La redención universal (en acto primero o en el ser) es el fundamento de la dispensación universal (en acto segundo o en el obrar). Otro tanto se debe decir, analógicamente, de la corredención y dispensación de toda gracia por parte de María [8]. En efecto, también María nos recobró la gracia como Corredentora, de manera subordinada a Cristo, y, además, distribuye la gracia a cada cual por voluntad de Dios. María no es sólo Dispensadora de la gracia, como pretendían algunos mariólogos minimalistas, sino que es asimismo, realmente y por voluntad de Dios, Corredentora subordinada a Cristo: María junta de nuevo a los hombres con Dios; no se limita a distribuir la gracia a todo el que la quiera recibir [9].
  
Hemos visto que la mediación o corredención de María no es principal o equivalente a la de Cristo (o sea, no hay dos “redentores: Cristo y María”), sino secundaria (Cristo es Dios; María, una criatura finita, aunque sea verdadera Madre de Cristo en cuanto verdadero hombre); la corredención de María no es tampoco independiente de la de Cristo, o colateral, sino subordinada a la de Cristo; no es suficiente por sí misma, sino que saca su valor de la encarnación y muerte del Verbo; no es absolutamente necesaria, sino que su necesidad es tan sólo hipotética, es decir, fue querida libremente por Dios, que habría podido elegir otro modo de redimir a la humanidad.
  
La mariología católica, pues, no le sustrae a Cristo el título de Mediador, Redentor y Dispensador de toda gracia para conferir dichas prerrogativas a María, como dicen erróneamente los protestantes y los modernistas. San Pablo reveló, por lo que es doctrina de fe, que «porque uno es Dios, uno también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús» (I Tim 2, 5). Jesús es el mediador principal, absoluto, independiente y suficiente por sí mismo. Pero eso no excluye -antes bien, admite implícitamente- la cooperación secundaria, subordinada, dependiente, ineficaz por sí misma y sólo hipotéticamente necesaria de María, que aceptó libremente y con conocimiento de causa hacerse Madre del Verbo encarnado y redentor.
  
María Corredentora
Corredentora es el título que resume en una sola palabra la mediación de María entre Dios y el hombre herido por el pecado original, es decir, su cooperación a la redención del género humano.
  
La voz Co-redémptrix [Corredentora] (no la cosa significada) se la encuentra en el siglo XIV por vez primera, en el Tractátus de præservatióne gloriosíssimæ Beátæ Vírginis Maríæ [Tratado sobre la preservación de la gloriosísima y Santísima Virgen María], obra de una fraile mínimo anónimo, y luego en el XV, en un himno latino transcrito en dos manuscritos de Salzburgo: “Ut, compássa Redemptóri, Co-redémptrix fíeres” (a fin de que, padeciendo junto con el Redentor, te hicieras Corredentora). Con todo, el título de Corredentora deriva de uno aún más antiguo (más antiguo en cuanto al vocablo, no respecto a la cosa significada), a saber, el de Redémptrix [Redentora], que se halla nada menos que 94 veces (noventa y cuatro), desde el siglo X hasta el año 1750, con el sentido de “Madre del Redentor”. Dicha voz, con todo, podía ser mal interpretada y dar a entender que María era el “redentor” o el obrero principal de la redención de la humanidad. De suerte que de “redentora” se pasó suavemente, en 1750, a “corredentora” o cooperadora de la redención, sobre todo cuando los teólogos de la Contrarreforma comenzaron a estudiar de manera específica, para refutar las objeciones protestantes y jansenistas, el asunto de la cooperación inmediata de María, bien que subordinada, a la redención de Cristo. No obstante, no sólo permaneció la voz “redentora” hasta bien entrado el siglo XVIII, sino que, además, seguía superando al término “corredentora”.
  
Fue precisamente el siglo XVIII el que hizo prevalecer el término “corredentora”. En efecto, una obra de sabor jansenista escrita por Adán Widenfeld (Mónita salutária [Advertencias saludables]) reprobaba claramente el término “corredentora”, por lo que los teólogos católicos examinaron la cuestión a fondo y, como consecuencia, el mismo título de Corredentora empezó a prevalecer sobre el de Redentora.
  
Por último, el título de Redentora comenzó a desaparecer en el siglo XIX, salvo raras excepciones, para dejarle el sitio al de Corredentora, que se usó asimismo en los documentos oficiales de la Santa Sede.
  
Redención de Cristo y Corredención mariana
Redención en general significa rescatar o recomprar una cosa que primero se poseía y luego se perdió. Por eso se rescata o se recompra pagando cierto precio.
 
En sentido teológico, la palabra “redención”, aplicada al género humano después del pecado original, significa que la cosa poseída y luego perdida por el género humano después del pecado de Adán es la gracia santificante, que hace participar al hombre de la vida de Dios y tiene un valor infinito [10]. Es por ello de un valor infinito el precio a pagar para recomprar o rescatar la cosa perdida. Ahora bien, la humanidad, al ser finita y creada, no podía pagar tal suma. De aquí que fuera menester la intervención de Dios para rescatar la gracia perdida en Adán por la humanidad. La Santísima Trinidad decretó libremente [11] que el Verbo se encarnara en el seno de la BVM por obra del Espíritu Santo, de manera que, en sustitución de la humanidad incapaz de pagar tal precio, pudiera ofrecer un sufrimiento de valor infinito cual verdadero Dios y ver dadero hombre.
  
El elemento esencial de la redención de Cristo es el pago del precio para recobrar la gracia perdida. Supuesto esto, surge la pregunta de cómo cooperó María a la redención de la humanidad obrada por Cristo.
   
Los teólogos católicos aprobados por la Iglesia admiten, aunque con matices diversos, la realidad de la corredención secundaria y subordinada de María, y especifican que la corredención es remota en el “fiat” de María a la encarnación del Verbo redentor y próxima en el holocausto de Cristo y en subordinación a Él: un holocausto que se inició con la encarnación y se consumó en el Calvario [12].
 
Otro error de los protestantes y de los modernistas
Los protestantes y los modernistas, en cambio, niegan la corredención mariana, y conceden sólo que María fue nada más que la materia a través de la cual pasó Cristo (cooperación puramente material). María, no obstante, cooperó no sólo materialmente (como seno en el que se encarnó y habitó el Verbo), sino también formalmente, o sea, consintiendo con la inteligencia y el libre albedrío en la encarnación redentora de Cristo en su seno. Además, María unió, en el curso de su vida, su querer y su padecer a los de Cristo en aras de nuestra salvación. Por eso quiso Dios que la redención del género humano se realizara, además de por los méritos de Jesucristo (redentor principal, independiente, necesario y suficiente por sí mismo), por la coopeperación inmediata o próxima de María (corredención secundaria, subordinada, insuficiente por sí misma y solo hipotéticamente necesaria). De aquí que los méritos y las satisfacciones de Jesús y María constituyeran el precio que se satisfizo para recomprar la gracia perdida por Adán. La humanidad, pues, fue redimida o recomprada por Cristo y corredimida o correcomprada por María, en el sentido ya explicado más arriba.
  
En conclusión, las plegarias, los sufrimientos y todas las obras buenas de María, particularmente y sobre todo en el Calvario, unidos con los de Cristo y en subordinación a ellos, tuvieron un auténtico valor corredentor así material (canal material a través del cual pasó el Verbo encarnado) como formal (consciente y libre), esto es, fueron eficaces para la redención en sí misma (u objetiva) de la humanidad, no sólo para la aplicación de la redención a los síngulos individuos (redención subjetiva o dispensación de toda gracia) [13]. Así que la cooperación de María es un elemento esencial de la redención de Cristo, no puramente accidental, de manera que sin la corredención mariana no se habría dado la redención de Cristo tal y como la quiso la Santísima Trinidad (si bien pudo Ésta haber querido otra distinta).
 
El plan de Dios 
La corredención subordinada de María no obsta en nada a la redención principal de Cristo. La cooperación de María a la redención en sí misma (u objetiva) de Cristo es análoga a la cooperación de todo hombre a su redención subjetiva, o sea, a la recepción de la gracia en la propia alma: lejos de quitar algo a la omnipotencia de la voluntad de Dios, precisamente Éste la exige para nuestra salvación. En efecto, nuestra cooperación a la recepción de la gracia divina en nuestra alma, es decir, a nuestra redención subjetiva, es un elemento esencial de nuestra salvación, sin el cual no podremos salvarnos, mas no perjudica a la omnipotencia, la unicidad y la preeminencia de la voluntad de Dios en nuestra santificación.
 
Se puede decir lícitamente que Dios solo nos ha salvado, ya que nuestra cooperación, en la línea de la causalidad eficiente primera, viene de Dios; sin embargo, nosotros mismos obramos nuestra salvación junto con Cristo, porque cooperamos real, bien que subordinadamente, a la acción divina como causas segundas [14]. En conclusión, nuestra salvación es de Dios como causa eficiente primera, y de nosotros, criaturas, como causas eficientes segundas. Por poner un ejemplo, una pintura es toda del pintor como causa eficiente principal, y toda del pincel y de los colores como causa eficiente instrumental secundaria y subordinada. Así, la corredención o cooperación objetiva de María, aun siendo un elemento esencial de la redención (supuesto el plan actual de Dios), en nada obsta a la unicidad y omnipotencia de la redención obrada por Cristo, como que la corredención o cooperación de María deriva, en la línea de la causalidad eficiente, de Cristo. Así se puede decir que solamente Cristo obró nuestra redención, pero que María obró nuestra redención junto a Cristo y en subordinación a Él porque el mismo Dios lo quiso y estableció así. La redención de la humanidad sin la corredención de María no habría sido la querida y decretada por Dios.
 
María no fue corredentora de sí misma, sino que fue redimida por Dios, que la preservó del pecado original (redención preventiva, no liberadora); con todo, cooperó después a la redención de los demás hombres. En efecto, no se puede cooperar a la redención sin la gracia, que deriva de la redención y la presupone como ya existente. María cooperó, no a su propia redención, sino sólo a la de todos los demás hijos de Adán, siendo ella la Inmaculada Concepción, redimida por Cristo a título preventivo.
 
El Magisterio y la Corredentora
El Magisterio se pronunció explícitamente sobre la corredención mariana sólo a partir del siglo XIX, en particular con el gran Papa León XIII.
  
Pío IX se remitió a la profecía del Génesis (3, 14-15) al definir el dogma de la Inmaculada Concepción de María en la bula Ineffábilis Deus, y puso en evidencia la unión indisoluble entre María y Cristo en la lucha contra la serpiente infernal, o sea, en la redención, que es principal en Cristo y, al mismo tiempo, subordinada en María.
   
En efecto, la Vulgata de San Jerónimo refiere que la Mujer (es decir, María, como leen unánimemente los Padres eclesiásticos) aplasta la cabeza de la serpiente infernal con Cristo y bajo Cristo. Así, pues, María es corredentora remota, indirecta, secundaria y subordinada junto con Jesús, redentor principal y directo de la humanidad. Ahora bien, el Concilio de Trento definió, el 8 de abril de 1546 (sesión IV, EB 46), que la Vulgata, «aprobada por el largo uso de tantos siglos en la Iglesia misma, sea tenida por auténtica», es decir, por digna de fe o revestida de autoridad indiscutible, o en otras palabras, por exenta de cualquier error en materia de fe y costumbres, fuente genuina de la revelación, expresión fiel de la palabra de Dios escrita; y mandó que «nadie, por cualquier pretexto, sea osado o presuma rechazarla» [15]. Conque no se debe rechazar la doctrina de la corredención secundaria y subordinada de María, visto que se contiene en la Vulgata, que habla de la Mujer (Múlier), de su estirpe (Jesús) y de su calcañar (los cristianos), la cual aplastará la cabeza de la serpiente: «Ipsa cónteret caput tuum», “con Cristo, por Cristo y en Cristo”, como interpretan unánimemente los Padres de la Iglesia y el propio San Jerónimo (De perpétua Virginitáte Maríæ advérsus Helvídium [Sobre la perpetua Virginidad de María contra Elvidio], Patrología Latina 23, 1 883, 193-216).
 
León XIII enseña (encíclica Jucúnda semper, 1894) que María:
  1. Se ofreció a sí misma junto con Jesús en la presentación de su Hijo en el Templo, cuarenta días después de su nacimiento, para participar en la expiación dolorosa de Cristo en favor del género humano, esto es, para la redención.
  2. Además, en el Calvario, movida por un inmenso amor a nosotros, ofreció Ella misma a su Hijo a la justicia divina y murió espiritualmente con Él, atravesada en su espíritu por una espada de dolor, para devolvernos la vida sobrenatural de la gracia y tenernos como hijos espirituales.
  3. Tal corredención se verificó en virtud de un decreto o designio divino libre y especial (Acta Apostólicæ Sedis 27, 1894-1895, pp. 178-179).
 
León XIII también es quien, en la encíclica Adjutrícem pópuli (1895):
  1. Distingue la redención y la corredención objetivas, o en sí mimas (en acto primero o en el ser), de la redención y la corredención subjetivas, o aplicación de los méritos a cada alma (en acto segundo o en la acción).
  2. Enseña explícitamente la cooperación de María a la redención objetiva y subjetiva de Cristo.
  3. Explica que la cooperación de María a la redención en el ser o en sí misma (objetiva) es la razón de su cooperación a la redención en acción, o aplicación de las gracias a los hombres (subjetiva) (cf. Acta Apostólicæ Sedis 28, l894-1895, pp. 130-131).
 
San Pío X enseña en la encíclica Ad diem illum (1904): «Puesto que María fue asociada por Cristo a la obra de nuestra redención, mereció de congruo (por pura benevolencia divina) lo que Cristo mereció de condigno (por estricta justicia)» (Acta Apostólicæ Sedis 36, 1904, p. 453). Nótese que el Papa Sarto afirmó en este pasaje dos verdades sobre la corredención:
  1. María fue asociada por Cristo a la redención, no fue Ella la que se asoció a la dolorosa obra de Jesús de rescate de la humanidad.
  2. Gracias a tal asociación, María mereció por libre voluntad divina (de congruo) lo que Cristo mereció por derecho (de condigno). Estas dos expresiones técnicas de la teología significan con claridad que María es sólo corredentora subordinada, mientras que Cristo es el único redentor principal.
  
Roschini (Mariología, Milán, tres volúmenes, 1940-1942) especifica, con Lépicier (Tractátus de Beatíssima Vírgine María, Roma, 5ª edición, 1926), que María mereció de cóngruo ad mélius esse en la redención, no ad esse simplíciter, como corredentora subordinada por voluntad amorosamente gratuita de Dios.
  
Benedicto XV fue el primer Papa que formuló la doctrina de la corredención mariana en términos perentorios, inequívocos y definitivos (ya que, después de las encíclicas de Léon XIII y San Pío X, algunos teólogos minimalistas en mariología habían procurado rebajar el alcance de la enseñanza magisterial leonina y piana). Escribe el Papa Giacomo della Chiesa en su carta apostólica Inter sodalícia (1918) que María en el Calvario, a los pies de la cruz, «padeció tanto por designio divino que casi murió con su Hijo doliente y moribundo, y lo inmoló para aplacar la justicia divina, de manera que se puede decir, con razón, que María redimió al género humano junto con Cristo» (Acta Apostólicæ Sedis 10, 1918, pp. 181-182).
 
Benedicto XV enseña aquí tres cosas:
  1. Los actos de María de “conmuerte”, compasión e inmolación son la causa de la corredención mariana.
  2. Los efectos de tales actos de la corredentora fueron el aplacamiento de la justicia de Dios, ofendida por el pecado de Adán, y la salvación objetiva del género humano.
  3. El motivo de la corredención de María es la libre elección de Dios, no una necesidad natural de María, quien, por ser una criatura, no podía de suyo corredimir a la humanidad.
 
Pío XI fue el primer Papa que usó el término “corredentora” (aunque la cosa significada estaba ya presente así en la Sagrada Escritura como en la Tradición y el Magisterio) (cf. Mensaje radiofónico de clausura del Jubileo de la Redención Humana, del 28 de abril de 1935). El Papa Ratti dijo: «¡Oh Madre de piedad y misericordia, que como compaciente y corredentora...!» (cf. L’Osservatore Romano, 29-30 de abril de 1935, p. 1). Llama a María “Corredentora” no sólo, por haber engendrado al Redentor, sino también por su participación en la pasión (“compaciente”) del redentor principal. De aquí que los frutos de la redención de Cristo derivaran de una causa doble: de la pasión redentora primera y principal de Cristo y de la compasión corredentora segunda y subordinada de María.
  
Pío XII trató repetida y explícitamente de la corredención de María en tres encíclicas. El Papa Pacelli enseña, en la encíclica Mýstici Córporis Christi (1943), que María «ofreció a Jesús al Padre Eterno en el Gólgota por todos los hijos de Adán contaminados por la prevaricación de éste. Así, la que era Madre de nuestra cabeza en cuanto al cuerpo pudo llegar a ser en cuanto al espíritu, Madre espiritual de todos sus miembros» (Acta Apostólicæ Sedis 35, 1943, p. 247).
  
Pío XII hace comprender aún mejor, con su enseñanza, que expresan la misma cosa la corredención y la maternidad espiritual de María para con los cristianos y la Iglesia. María cooperó, en subordinación a Cristo, a la recuperación de la gracia para todos los hombres, injertándolos en el segundo Adán, su Cabeza espiritual y Cabeza de la Iglesia. Aquéllos se vuelven, por conducto de su santificación, hijos espirituales de María y Jesús. Ella es verdadera Madre física de la cabeza del Cuerpo Místico, el cual es la Iglesia, y verdadera Madre espiritual de sus miembros vivos (María Mater Christianórum) y de la misma Iglesia (María Mater Ecclésiæ). Quien no tiene a María por Madre espiritual no tiene a Dios por Padre espiritual, o sea, no se halla vivificado por la gracia, que es una participación de la vida de Dios (limitada y finita, pero real). El Papa Pacelli distingue dos fases en esta maternidad espiritual de María:
  1. La fase inicial: María verdadera Madre de Cristo, que es la cabeza de los cristianos y de la Iglesia. De aquí que la maternidad divina sea la fase inicial o la raíz de la corredención.
  2. Además, María padeciendo y cum-mórtua mýstice cum Christo [muerta místicamente con Cristo] constituye la fase final de la corredención o maternidad espiritual de María para con los que han recobrado la gracia de Dios y viven en ella.
En efecto, María concibió realmente a Cristo, no sólo como hombre verdadero, sino también como redentor del género humano; de aquí que la maternidad mariana física de Dios [por la cual engendró el cuerpo físico de Jesús) sea la base y fundamento de la maternidad espiritual de María o corredención (por la cual es Madre del cuerpo espiritual de Jesús, o sea, de los miembros vivos de Cristo y de la Iglesia). María es Madre de todos los hombres en potencia, mas llega a serlo en acto sólo respecto de los que quieren aceptar el don de la redención, que Dios ofrece a todos, pero que muchos rechazan. Así como María engendró la cabeza del Cuerpo Místico, así, y por igual manera, engendró y engendrará hasta el final de los tiempos a sus miembros vivos. Esta generación espiritual se puede subdividir en dos partes: la concepción y el parto. Pío XII presentó explícitamente a los hijos espirituales de María como miembros vivos del Cuerpo Místico de Cristo, nacidos en el Calvario entre los desgarros del alma de María, “commórtua” junto con su cabeza, que es Cristo. Esta es la cooperación de María a la obra de la redención o corredención objetiva remota y próxima.
  
Pío XII enseña, en su segunda encíclica sobre la corredención (Ad cœli Regínam, 1954), que María es reina no sólo por ser Madre física de Cristo, sino, además, por ser Madre espiritual de los hombres rescatados y engendrados de nuevo a la vida sobrenatural. María fue asociada a Cristo en la obra de la redención. Ella, al reparar todas las cosas con sus méritos, es Madre y Señora de todo lo que ha sido devuelto a la gracia. De esta unión con Cristo nace el poder real por el que María es dispensadora de todas las gracias (cf. AAS 46, 1954, pp. 634-635).
  
Por último, Pío XII vuelve a tratar de la corredentora en la encíclica sobre el Sagrado Corazón de Jesús (Hauriétis áquas, 1956), y establece una analogía entre el culto de latría, debido al Sagrado Corazón de Jesús, y el de dulía, que se le debe al Corazón Inmaculado de María (Acta Apostólicæ Sedis 38, 1956, p. 332). Así como Dios quiso libremente asociar a María a la redención de Cristo, por lo cual nuestra salvación es fruto de los sufrimientos de Jesús y de los de María, del mismo modo, invita el Papa al pueblo cristiano a que, después de tributar al Sagrado Corazón de Jesús los homenajes de adoración que le son debidos, le preste a María los homenajes de la hiperdulía porque recibe la vida sobrenatural de Cristo y de María por voluntad de Dios.
  
La Sagrada Escritura y la Corredención
La redención y, por ende, la corredención del género humano se anuncia en el Antiguo Testamento. Dios pronuncia en el Génesis (3, 15) las siguientes palabras contra el diablo, quien, en forma de serpiente, había hecho pecar a Adán y Eva: «Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, y entre tu raza y la su descendencia: Ella quebrantará tu cabeza, y tú andarás acechando a su calcañar».
  
Según los padres eclesiásticos, estas palabras figuran y predicen una lucha encarnizada entre el diablo y su estirpe (es decir, los que no quieren vivir en gracia de Dios) y el redentor nacido de una mujer, que es la corredentora, junto con sus hijos recomprados y vivificados por la vida sobrenatural. La victoria es del redentor y la corredentora, que aplastarán la cabeza de la serpiente infernal.
 
Se realiza en el Nuevo Testamento, al menos en tres pasajes decisivos, lo que se había profetizado en el Viejo Testamento. Dichos pasajes son casi una explicación o un comentario de Gen 3, 15. Dos son del evangelio de San Lucas y uno del evangelio de San Juan.
  
El primero (Lc 1, 26-38) narra que el arcángel San Gabriel fue enviado por Dios a María para obtener su libre consentimiento al plan divino que la volvería Madre del redentor. María dio su consentimiento: «ecce Ancílla Dómini, fiat mihi secundum verbum tuum» (He aquí la Esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra).
  
Se advierte aquí un paralelo impresionante entre los tres protagonistas de la ruina espiritual del género humano (un hombre llamado Adán, una mujer denominada Eva y un ángel caído bajo apariencia de serpiente) y los tres protagonistas de la redención de la humanidad (el nuevo Adán: Jesús; la nueva Eva: María, y el ángel bueno: Gabriel). Así como Eva, inducida por el ángel malo, había cooperado con Adán a la caída original, así también la nueva Eva coopera con el nuevo Adán después de haber aceptado la misión divina que le ha ofrecido el ángel bueno. La muerte y la vida sobrenatural le vienen al género humano de un hombre y una mujer. Los Padres y los doctores eclesiásticos interpretaron así comúnmente el pasaje del Génesis y el del evangelio de San Lucas.
 
Los otros dos textos evangélicos nos revelan la cooperación de María a la redención por conducto de su compasión unida y subordinada a la de Cristo.
 
El evangelio de San Lucas (2, 22-39) narra la escena de la presentación de Jesús en el Templo. San Simeón anuncia a María su íntima asociación a la pasión redentora de Jesús: «[Éste niño] puesto está para caída y levantamiento de muchos en Israel y para signo de contradicción; y una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos». María será asociada a la pasión de Jesús con su Compasión. Simeón, no obstante la presencia de San José, se dirige exclusivamente a María para hacernos comprender que Ella, por disposición divina, había sido asociada a la pasión y redención de Cristo; el cual sufriría contradicción como se había predicho en el Génesis: sería odiado de sus enemigos. La descendencia de Cristo y María se contrapondría diametralmente a la de la de la serpiente y el sanedrín. Por último, María moriría místicamente, o en su alma, por el dolor que experimentaría al participar en la pasión del Hijo de Dios y suyo.
  
En el evangelio de San Juan (2, 1-11) se nos presenta a María invitada a un banquete de bodas junto con Jesús. Llega a faltar el vino. María no se turba, y sus palabras expresan tanto solicitud hacia las necesidades de los hombres, como una seguridad absoluta en la eficacia de su oración dirigida a Jesús: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). San Agustín escribe el siguiente comentario: «María, Madre de Jesús, exigía un milagro (miráculum exigébat)» (In Joánnes Evangelístæ tractátus. 8; PL 35, 1455). María ruega y Jesús satisface su deseo anticipando su misión pública aunque aún no había llegado la hora de hacer milagros [16]. En este pasaje evangélico aparece en toda su dulce fortaleza la intercesión y la cooperación de María a la obra de la redención de Cristo [17].
 
El evangelio de San Juan (19, 25-27) nos muestra a María en el monte Calvario, a los pies del árbol de la cruz en el instante del sacrificio del Redentor, o sea, en el momento en que alcanzaba su apogeo la oposición y la enemistad de que era Éste objeto. También aquí impresiona el paralelismo que se da entre esta escena y la del pecado original en el Génesis: en el Antiguo Testamento, un árbol de la ciencia del bien y del mal, un hombre llamado Adán y una mujer denominada Eva, los cuales, inducidos por el diablo, arruinan a la humanidad en el jardín o monte del Edén al perder la gracia santificante; en el Nuevo Testamento, un nuevo monte (el Calvario), un nuevo árbol (la cruz), un nuevo Adán (Cristo) y una nueva Eva (María), que, con la ayuda de Dios y el aborrecimiento del diablo y su descendencia (el Sanedrín), rescatan o recompran lo que se había perdido en el Edén.
  
San Juan vuelve sobre este paralelismo en el último libro sagrado (capítulo XII del Apocalipsis) al revelar la lucha entre el dragón y la mujer. Como se ve, la Sagrada Escritura empieza (Génesis) y termina (Apocalipsis) con la revelación de la pasión y compasión, de la redención y corredención, la cual es el corazón del dogma católico, no una devoción facultativa como querrían protestantes y modernistas.
  
La Tradición Patrística
Ya en el siglo II, San Justino (Diálogus cum Tryphónis, en Migne, Patrología Græca 6, 709-712), San Ireneo (Contra hæreticórum, V, 19, 375-376) y Tertuliano (De carne Christi, cap. 17, PL 6, 282), comentando el Génesis (3, 14-15) y a San Pablo (Rom 5, 17), hablan de María como de la nueva Eva opuesta a la primera porque nos hizo renacer a la vida sobrenatural perdida por el viejo Adán y recobrada por el nuevo Adán, esto es por Jesús, junto con María, “nueva Eva”.
 
Tal doctrina, que hallamos enseñada por Padres de directa descendencia apostólica desde los años 100-220 d. C., la propusieron de nuevo los Padres griegos y latinos: véase San Atanasio (Epístola de sýnodis, 51-52, en Patrología Græca 26, 784-785); San Efrén el Sirio, que llama a María «el precio del rescate de los pecadores prisioneros» (Ópera sýriaca, II, 607); San Basilio (Sermo in Nativitáte Dómini, 5, PG 31, 1468); San Gregorio Nacianceno (Carmína 1, 10, PG 37, 467); San Epifanio (Advérsum hæréticum Panárium, LXXIX 4, 7, PG 42, 707); San Juan Crisóstomo (Homilía in Epístolam ad Románum 13, 1, PG 60, 508-509); San Cirilo de Alejandría (Epístola I, PG 77, 13); San Cirilo de Jerusalén (Catechésis Mistagógicæ 4, 7, PG 33, 461); San León Magno (Sermo II in Nativitáte Dómini, PL 54, 199), y San Gregorio Magno (In Evangélium homilíæ I, 16, PL 76, 1135).
 
La corredención fue confirmada con fuerza por el mayor de los Padres latinos, San Agustín de Hipona (De virginitáte, V, 6): «María es Madre espiritual de todos los hombres que aceptan la gracia porque es Madre física de Cristo, cuyos miembros vivos y místicos son los hombres justificados». Sin embargo, siguió sin ser explicitada hasta el siglo X, cuando Juan Geómetra afirmó con claridad explícita la verdad de la cooperación redentora de María con Cristo, si bien en subordinación a Él (Joánnis Geómetræ laus in Dormitiónem Beátæ Vírginis Maríæ).
 
En el siglo XI se hizo cada vez más clara y explícita la doctrina enseñada por los Padres y los doctores sobre la corredención.
 
San Pedro Damián habló de la Pássio Christi y de la Compássio de María, (Sermo 46 in nativítáte Beátæ Vírginis Maríæ, 1, PL 144, 148 A); Eadamer de Canterbury (+ 1124) fue el primero en hablar de los méritos corredentores de María (Liber de Excelléntia Vírginis, PL 159, 573); luego San Bernardo de Claraval (+ 1153) habló de la satisfacción por parte de María de la culpa de Eva (Homilía II super “Missus est”, PL 183, 62); San Alberto Magno (Mariále, q. 29, #3; Commentárium in Matthǽum, 1, 18) y San Buenaventura de Bagnoregio alcanzaron la plena explicitación y sistematización de la doctrina referente a la corredención subordinada de María: «María nos dio a su Hijo, al que amaba más que a sí misma, y lo ofreció por nuestra salvación» (Collátio 6 de donis Spíritus Sancti, nº 17).
  
Santo Tomás y la Corredencion
El doctor común de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino (Summa Theológica III, q. 1, a. 3, ad 3), hace derivar todas las prerrogativas de María de la Maternidad divina [18]. La corredención la presenta el Angélico cual cooperación activa de María a la redención universal de Cristo o participación de ésta (19). Cristo es nuestra cabeza y, por eso, al merecer para Sí mereció también para nosotros, que somos sus miembros, la gracia santificante, la salvación y la vida eterna (Summa Theológica III, q. 48, a. 1). Sólo Cristo es nuestro redentor principal (Summa Theológica III, q. 48, aa. 5-6; III, q. 49, aa. 1-3). Pero el Angélico, si bien no hizo de la corredención su “caballo de batalla”, con todo, reconoció en el “fiat” de María a la encarnación del Verbo una participación en la redención, la «acción de una persona en particular, pero cuyos efectos salvíficos se derramarían sobre toda la humanidad» (III Senténtiæ, III, q. 3, a. 2, sol. 2; cf. S. Th., III, q. 30, a. 1; Quódlibet, 2, a. 2). Finalmente, alrededor de un año antes de su muerte (abril del año 1273), afirmó el Aquinate, en su Exposítio super salutatiónem angélicam (título 16), que la gracia que recibió María en cuanto Madre de Dios fue tan sobreabundante, que se derrama desde la Virgen sobre todo el género humano en pago por la salvación de todos; y concluyó diciendo: «Es el caso de Cristo y de la Santísima Virgen María».
  
Por desgracia, el Angélico no ahondó en el estudio de las relaciones entre la redención de Cristo y la corredención de María, mas el concepto de “compasión” lo expresó con claridad, aunque sin darle la preeminencia en su mariología, pues tal preeminencia le corresponde a la Maternidad divina, de la que derivan todos los privilegios marianos, inclusive la corredención [20]. No cabe duda, por ello, de que el mayor de los Padres eclesiásticos (San Agustín) y el máximo doctor escolástico (Santo Tomás de Aquino) enseñan la corredención mariana.
   
Entre los grandes nombres de los años siguientes se pueden citar los siguientes: San Antonino de Florencia (Summa Theológica, IV pars, tit. 15, cap. 20, # 14) y Dionisio el Cartujano (De dignitáte et láudibus Beátæ Vírginis Maríæ, II, 23). La corredención llegó a ser la doctrina comúnmente enseñada por los teólogos a partir del siglo XVIII.
 
En conclusión, la corredención de María se halla en las dos fuentes de la revelación y fue enseñada explícitamente por los Padres de la Iglesia y por el Magisterio pontificio ordinario; en consecuencia, no es sólo una verdad teológicamente cierta, sino también de fe divino-católica, bien que aún no haya sido definida solemnemente por el Magisterio extraordinario [21]. En efecto, «basta por lo común la función del Magisterio ordinario para constituir una verdad de fe divino-católica; véase el Concilio Vaticano I, sesión III, capítulo 3, DB, 1792» (P. Parente, Dizionario di teología dommatica, Roma, ed. Studium, 4ª edición, 1957, voz “Definizione dommatica”). Así pues, también respecto a la corredención de María se hallan los modernistas, igual que los luteranos, en contradicción con la Tradición católica.
  
La razón teológica
María estaba predestinada, por su Maternidad divina, a la función de Medianera universal entre Dios y los hombres, como lo demuestran la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio. Los mejores teólogos, generalmente de la escuela tomista (22), dan la razón teológica de ello. El Padre Réginald Garrigou-Lagrange escribe que María es medianera con subordinación a Cristo:
  1. Porque cooperó al sacrificio de la cruz (con la satisfacción o la compasión y el mérito) [23].
  2. Porque intercede continuamente por nosotros en el cielo ante su Hijo, alcanzándonos y distribuyéndonos todas las gracias que precisamos con vistas a la salvación eterna. La mediación de María es ascendente (presenta a Dios las plegarias de los hombres) y descendente (da a los hombres las gracias divinas).
 
María cooperó al sacrificio de la cruz y a la redención de Cristo por modo de satisfacción, de manera subordinada a Cristo, único mediador principal de la redención del género humano; es decir: reparó la justicia divina ofendida por el pecado de Adán volviéndonos a Dios propicio y amigo. Pero, ¿cómo? Ofreció a Dios en el Gólgota, con enorme dolor y grandísimo amor, la vida de su Hijo, queridísimo para ella y a quien adoraba. Y lo hizo por nosotros los hombres, hijos de Adán, privados de la vida sobrenatural.
 
Jesús satisfizo por nosotros de condigno a la justicia divina, o sea, en rigor de justicia, por ser Dios. María, en cambio, que no dejaba de ser una criatura, aun siendo verdadera Madre de Dios, mereció de congruo, esto es, por razón de conveniencia o por benevolencia de Dios, lo que Jesús mereció de condigno, por lo que el derecho al rescate de la humanidad se funda, en María, en el amor gratuito de Dios o in jure amicábili [en los derechos de la amistad], no en la estricta justicia, como en el caso de Jesús. María es corredentora en este sentido: porque recompró con Cristo, en Cristo y por medio de Cristo al género humano, extraviado por el pecado original.
  
Tal razón teológica la corroboró el Magisterio pontificio (cf. San Pío X, encíclica Ad diem illum, de 1904, DS 3370: «María mereció de congruo, como dicen los teólogos, lo que Cristo mereció de condigno»; cf. asimismo Benedicto XV, carta apostólica Inter sodalícia, de 1918, DS 3634, nº 4: «inmoló a su Hijo, de manera que se puede decir, con razón, que ella redimió al género humano con Cristo y bajo Cristo”).
  
Fue Santo Tomás de Aquino quien explicó la doctrina del mérito y la distinción entre el mérito de congruo y el de condigno (Summa Theológica I-II, q. 114, a. 6), y los tomistas las aplicaron a la corredención de María subordinada a la redención principal de Cristo (R. Garrigou-Lagrange, La sintesi tomistica, Brescia, ed. Queriniana, 1953, pp. 258-260; Id., La Mere du Sauveur et notre vie intérieure, París, 1941; Id., De Christo Salvatóre, Turín, 1945).
  
Efrem
  
NOTAS
[1] Redimir significa en general liberar a una persona pagando un rescate por ella. Por eso redentor en sentido lato es el que libera a otro de la esclavitud pagando cierto precio por su liberación. De aquí que la redención en general exija el pago de un precio para (re)comprar a alguien. La redención del género humano en sentido estricto estriba en su liberación espiritual de la esclavitud del pecado y en su reconciliación con Dios. Jesús pagó con su muer te en la cruz el precio de nuestra liberación espiritual del pecado de Adán, reconciliándonos con Dios.
[2] El tema de “María Dispensadora de todas las gracias” es tratado en un artículo aparte.
[3] Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theológica III, q. 26; G. M. Roschini, Mariología, Milán, tres volúmenes, 1940-1942; Id., La Virgen según la fe y la teología, Roma, cuatro volúmenes, 1953-1954; P. C. Landucci, María Santísima en el Evangelio, Roma, 1945; A. Piolanti, María y el Cuerpo Místico, Roma, 1957; P. Straeter, Mariología, Turín, tres volúmenes, 1952-1958; A. M. Lépicier, Tractátus de Beatíssima Vírgine María, Roma, 5ª edición, 1926; E. Campana, María en el dogma católico, Turín, 1ª edición, 1954; B. H. Merkelbach, Mariología, París, 1939; E. Zolli, De Eva a María, Roma, 1954; R. Spiazzi, La Mediadora de la reconciliación humana, Roma, 1951; B. Gherardini, La Corredentora en el misterio de Cristo y de la Iglesia, Roma, 1998; Ch. Journet, María Corredentora, Milán, 1989; R. Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador y nuestra vida interior, París, 1941; A. Capellazzi, María en el dogma católico, Siena, 1902; E. Campana, María en el dogma católico, Turín, 1943; A. Lang, Madre de Cristo, Brescia, 1933; D. Bertetto, María en el dogma católico, 2ª edición, Turín, 1956; A. Piolanti, Madre de unidad. Sobre la Maternidad espiritual de la Virgen, en Mariánum, 1949, pp. 423 y ss.; J. B. Carol, De corredemptióne Beátæ Vírginis Maríæ, Ciudad del Vaticano, 1950; S. Garofalo y G. M. Roschini, voz “María Santísima”, en Enciclopedia Católica, Ciudad del Vaticano, 1952, vol. VIII, cols. 76-118; G. M. Roschini, voz “Corredentora”, en Enciclopedia Católica, Ciudad del Vaticano, 1950, vol. IV, cols. 640-644; A. Nicolás, La Virgen María y el plan divino, París, 1880.
[4] Concilio de Cartago, DB 101 y ss.; II Concilio de Orange, DB 174 y ss.; Concilio de Trento, DB 793-843.
[5] «En quien tenemos la redención por su sangre» (Ef 1, 7); «Considerando que habéis sido rescatados (...) con la preciosa Sangre de Cristo» (I Pe 1, 18-19).
[6] Verdad divinamente revelada y definida por el Concilio de Trento, sesión V, DB 790.
[7] Cf. I. Bitremieux, Sobre la mediación universal de la Santísima Virgen María en cuanto a las gracias, Brujas, 1926.
[8] J. Bover, La doctrina de San Pablo sobre la mediación de Cristo aplicada a la mediación de María, en Mariánum, nº 4, 1942, pp. 81-90.
[9] A. Lépicier escribe: «María participó en el pago del rescate de la humanidad porque consintió libremente en la encarnación formalmente redentora de Cristo. María ofreció a Jesús en el Templo como futura víctima de reconciliación y renovó y perfeccionó tal oblación en el Calvario»” (Tractátus de Beata María Virgine, cit., p. 503.
[10] La gracia santificante es un don divino permanente, esencialmente sobrenatural, infundido gratuitamente por Dios en el alma humana. Le confiere al hombre la santidad o justificación real. San Pedro revela que vuelve a los hombres “partícipes de la divina naturaleza” (II Pe 1, 4).
[11] Habría podido elegir cualquier otro modo, incluso un mero acto de voluntad de Dios, que al ser de valor infinito podía re-comprar la gracia perdida.
[12] También entre los teólogos católicos hay teólogos plenamente ortodoxos que no son enteramente favorables a la doctrina de la corredención mariana por miedo a derogar la dignidad del único mediador y redentor, como, p. ej., M. J. Scheeben (Handbuch der Katholischen Dogmatik [Manual de Teología Católica], Friburgo, 1882); L. Billot (María Madre de la gracia, París, 1921; De Verbo Incarnáto, 4ª edición, Roma, 1904); P. Parente (Dizionario di teología dommatica, Roma, 4ª edición, 1957, voz “Corredentora”, pp. 95-96; De Verbo Incarnáto 4ª edición, Turín, 1951). Mas, cuando se hacen las debidas distinciones, la corredención de María en nada obsta a la unicidad de la redención principal de Cristo.
[13] La redención objetiva es potencial, o in fíeri, o en vías de actuación o de aplicación a los hombres, mientras que la redención subjetiva es actual o aplicada a las almas en particular y, por ende, ya completa en acto.
[14] Causa primera es solo Dios, causa segunda es toda criatura. Esta última puede dividirse en causa principal (v. gr., el pintor) y causa secundaria (el pincel).
[15] Vulgáta, que significa en latín “común, oficial, usual”, es la versión latina de la Biblia que la Iglesia usa y prescribe oficial, usual o comúnmente en la enseñanza, la predicación y la liturgia. Se debe a San Jerónimo (+ 420), el “Doctor máximo” en la interpretación de la Sagrada Escritura. La empezó en Roma, en el año 383, y la acabó en Belén, en el 406. Cf. S. Garofalo, voz “Vulgata”, en Dizionario di teologia dommatica, Roma 4ª edición, 1957, p. 440; J. M. Vosté,  Sobre la versión latina denominada “Vulgata”, Roma, 1928; Id., La Vulgata en el Concilio de Trento, en Bíblica, 1946, pp. 615-618.
[16] Cf. C. Spicq, El primer milagro de Jesús debido a su Madre, en Sacra Doctrina, nº 18, 1973, pp. 125-144; F. Spadafora, María en las bodas de Caná, en Rivista Bibbica, nº 2, 1954, pp. 220-247.
[17] S. Garofalo, Las palabras de María, Roma, 1943; Id., La Virgen en la Biblia, Milán, 1958; R. Spiazzi, La mediadora de la reconciliación humana, Roma, 1951; F. Spadafora, Diccionario bíblico, Roma, 3ª edición, 1963, voz “María Santísima”, pp. 394-398; Id., María Santísima en la Sagrada Escritura, Roma, 1936.
[18] Cf. sobre este tema el comentario a la Suma Teológica redactado por el cardenal Tomás de Vio, alias Cayetano (Commentárius in Illam partem Summæ theologíæ, q. 28, a. 2).
[19] Cf. B. H. Merkelbach, ¿Qué pensó Santo Tomás sobre la mediación de la Santísima Virgen María?, en Xenia Thomística, 1925, pp. 505-530.
[20] Cf. G. Roschini, La Mediadora universal, Roma, 1963.
[21] El “dogma” es una verdad revelada por Dios que se contiene en el Depositum Fidei: la Tradición y la Sagrada Escritura (dogma material), y que luego la propone el ministerio eclesiástico para ser creída por los fieles en cuanto tal (es decir, como verdad divinamente revelada o de fe) siendo necesaria pare la salvación (dogma formal) (Vaticano I, DB 1800). Por tanto, quien rechaza una verdad de fe definida por el Magisterio, o se niega a prestarle su asentimiento, es hereje e incurre ipso facto en la excomunión o el anatema. La “definición dogmática” es la declaración obligativa de la Iglesia sobre una verdad revelada y propuesta a los fieles como de creencia obligada. Tal definición puede hacerse ya por el Magisterio ordinario (el Papa enseñando a creer una verdad -de manera ordinaria o no solemne en “cuanto al modo”, pero obligativa en “cuanto a la sustancia”- como revelada por Dios y definida por la Iglesia), ya por el Magisterio extraordinario o solemne relativo al modo (una declaración solemne o “extraordinaria” del Papa o del Concilio). Tal definición dogmática se llama asimismo dogma formal o verdad de fe divino-católica o divino-definida. Sin embargo, no reina la unanimidad entre los teólogos: por ejemplo, Monseñor Brunero Gherardini escribe que la corredención de María es una verdad “próxima a la fe” (La Corredentora en el misterio de Cristo y de la Iglesia, Roma, 1998, p. 15). Con todo (si parva licet componére magnis [si es posible comparar las cosas pequeñas con las grandes]), como la corredención de María se halla en la Tradición y en la Sagrada Escritura y fue enseñada constantemente por el Magisterio pontificio ordinario a partir de León XIII, me parece que se puede hablar de una verdad divinamente revelada y definida por la Iglesia, aunque no de modo extraordinario, sino puramente ordinario, o sea, la corredención de María es una verdad de fe divina y católica.
[22] Cf. Summa Theológica III, qq. 27-30; los comentarios de Cayetano y de G. M. Vosté a la Suma Teológica (III, qq. 27-30); E. Hugon, Tratado teológico, vol. II, París, 5ª edición, 1927; G. Friethoff, Sobre el alma asociada a Cristo Mediador, Roma, 1936.
[23] Satisfacción en sentido teológico es un término establecido de manera exacta por San Anselmo de Aosta (Cur Deus homo? [¿Por qué el Dios hombre?]) Y luego por Sto. Tomás de Aquino (Summa Theológica III, q. 48, a. 2), y significa aplacar a Dios ofendido por la culpa con un sacrificio o una obra penosa. Cristo pagó a Dios Padre, con su muerte en la cruz, la deuda del pecado de los hombres. Enmendó así la culpa de Adán con objeto de liberar a aquéllos de la esclavitud del pecado, que los privaba de la gracia santificante.

viernes, 26 de mayo de 2017

NOVENA AL DIVINO ESPÍRITU SANTO

La novena cuenta con aprobación otorgada en Marzo de 1931 por Mons. Manuel José Caicedo Martínez, Arzobispo de Medellín (Colombia). Las meditaciones insertas en el original fueron tomadas del libro Oficios de la Iglesia: con la explicación de las ceremonias de la Santa Misa, impreso en Madrid, año de 1853, sin compilador conocido.

NOVENA AL DIVINO ESPÍRITU SANTO
  
  
Por la señal ✠ de la santa Cruz; de nuestros ✠ enemigos líbranos, Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
   
Antífona: Ven, oh Santo Espíritu: llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.
℣. Envía tu Espíritu, y las cosas serán creadas.
℟. Y renovarás la faz de la tierra.
 
ORACIÓN
Oh Dios, que con la claridad del Espíritu Santo iluminaste los corazones de los fieles; concédenos este mismo Espíritu para obrar con prudencia y rectitud, y gozar siempre de sus consuelos inefables. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
 
HIMNO Veni Creátor Spíritus
Ven, creador Espíritu,
De los tuyos la mente a visitar;
A encender en tu amor los corazones
Que de la nada plúgote crear.
  
Tú que eres el Paráclito,
Llamado y don altísimo de Dios;
Fuente viva, amor y fuego ardiente,
Y espiritual unción.
 
Tú, septiforme en dádivas,
Tú, dedo de la diestra Paternal;
Tú, promesa magnífica del Padre,
Que el torpe labio vienes a soltar.
  
Con tu luz ilumina los sentidos,
Los afectos inflama con tu amor;
Con tu fuerza invencible corrobora
La corpórea flaqueza y corrupción.
 
Lejos expulsa al pérfido enemigo,
Envíanos tu paz;
Siendo Tú nuestro guía,
Toda culpa logremos evitar.
 
Denos tu influjo conocer al Padre,
Denos también al Hijo conocer;
Y del uno y del otro, oh Santo Espíritu,
En Ti creamos con sincera fe.
 
A Dios Padre alabanza, honor y gloria,
Con el Hijo que un día resucitó
De entre los muertos; y al feliz Paráclito,
De siglos en la eterna sucesión. Amén.
  
ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS
Oh divino amor, oh lazo sagrado que unes al Padre y al Hijo, Espíritu Todopoderoso, consolador de los afligidos, penetra en los profundos abismos de mi corazón. Derrama tu refulgente luz sobre estos lugares incultos y tenebrosos, y envía tu dulce rocío a esta tierra desierta para reparar su larga aridez. Envía los rayos celestiales de tu amor hasta el fondo más misterioso del hombre interior, a fin de que penetrando en él, enciendan el vivísimo fuego que consume todas las debilidades y toda languidez. Ven, pues, ven, dulce consolador de las almas desoladas, refugio en los peligros y protector en las tribulaciones. Ven, tú que lavas las almas de sus manchas y curas sus heridas. Ven, fuerza del débil y apoyo del que cae. Ven, doctor de los humildes y vencedor de los orgullosos. Ven, padre de los huérfanos, esperanza del pobre y vida del que comenzaba a languidecer. Ven, estrella de los navegantes y puerto de los náufragos. Ven, fuerza de los vivos y última esperanza de los que van a morir. Ven, oh Espíritu Santo, ven y ten misericordia de mí. Dispón de tal suerte mi alma y condesciende con mi debilidad con tanta dulzura, que mi pequeñez encuentre gracia delante de tu grandeza infinita; mi impotencia delante de tu fuerza, y mis ofensas delante de la multitud de tus misericordias; por Nuestro Señor Jesucristo, mi Salvador, que con el Padre vive y reina en tu unidad por todos los siglos de los siglos. Amén. (San Agustín, Meditaciones, cap. IX).
 
DÍA PRIMERO
MEDITACIÓN: “¿Qué debo hacer para hallarte, Dios mío?
¿Qué debo hacer para hallarte, oh Dios mío, a ti que eres mi verdadera vida? Buscarte a ti, es buscar la vida bienaventurada. ¡Plegue a tu misericordia inspirarme el deseo de buscarte siempre!, porque, así como mi alma es la vida de mi cuerpo, del mismo modo tú, Señor, eres la vida de mi alma.
 
Oh verdad, luz de mi corazón, sé tú la que me conduzca, y no mi propio espíritu, que no es más que tinieblas. Me he dejado arrastrar al torrente de las cosas que pasan, y pronto se halló mi inteligencia cubierta de una profunda noche. Mas en este estado de oscuridad no he dejado de amarte; en mi extravío me he acordado al fin de ti. He oído a lo lejos tu voz que me llamaba. Apenas ¡ay! la he oído, a causa del ruido que mis pecados hacían en mi corazón. Sin embargo, la seguí al fin, y heme que vuelvo fatigado, sediento y jadeando a la fuente vivificante que eres tú mismo, oh Dios mío. ¡Haz que nadie me impida apagar la sed en esas aguas celestiales! ¡Que beba en ellas, para recobrar la vida; porque cuando vivía mal, me di la muerte a mí mismo. Yo no puedo vivir sino en ti solo, oh Dios mío! (San Agustín, Confesiones, Libro 10 cap. XVII y XX; Libro 12, cap. X).
 
SECUENCIA Veni, Sancte Spíritus
Ven, oh Santo Espíritu,
Y del alto empíreo
Un rayo de tu luz dígnate enviar;
Ven, dador de dádivas,
Padre de los míseros,
Ven, nuestros corazones a inflamar.
 
Huésped de las almas,
Dulce refrigerio,
Optimo y eficaz consolador;
Bálsamo en el llanto,
Tregua en la fatiga,
Plácida sombra en festival ardor.
 
¡Oh luz dichosísima!
Llena lo más íntimo
De las entrañas en tu pueblo fiel;
Pues nada en el hombre,
Sin tu excelso numen,
Inculpable ni justo puede haber.
  
Lava allí lo sórdido;
Riega lo que es árido;
Sana lo que sufrió golpe mortal;
Dobla ya lo rígido;
Arda al fin lo gélido;
Lo descarriado ven a gobernar.
 
Calma aquí a tus fieles,
Los que en Ti confían,
De tu sagrado septenario don;
Dales gracias y mérito;
Dales feliz éxito.
Y el celestial eterno galardón.
Amén.
 
MAGNÍFICAT
Glorifica mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava; y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Omnipotente ha hecho en mí grandes cosas; y su Nombre es santo. Y su misericordia se propaga de generación en generación sobre los que le temen.
 
Desplegó el poder de su brazo: y disipó los designios del corazón de los soberbios. Derribó del trono a los poderosos y exaltó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos; y a los ricos despidió sin cosa alguna.
 
Levantó a Israel su siervo, acordándose de su misericordia: según había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia, por los siglos de los siglos. Amén.
 
Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
  
MEMORÁRE
Acuérdate, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección e implorado tu socorro, ha sido abandonado. Animado de esta confianza, ¡oh Virgen de las vírgenes!, vengo a ti. Gimiendo bajo el peso de mis pecados me prosterno a tus plantas. ¡Oh Madre del Verbo!, no desprecies mis oraciones, sino escúchalas favorablemente, y dígnate acogerlas. Amén.
 
Rezar siete Padrenuestros, con Avemarías y Gloria, para alcanzar los dones del Espíritu Santo.
 
En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
 
DÍA SEGUNDO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: “Señor, abre mis ojos
¡Oh luz que veía Tobías, cuando con los ojos cerrados le enseñaba a su hijo el camino de la vida inmortal; luz que veía Isaac en su corazón cuando, oscurecidos los ojos del cuerpo, contaba a su hijo las cosas futuras; luz que veía Jacob cuando, instruido interiormente, predecía a sus hijos los secretos del porvenir; luz invisible para la que están descubiertos los abismos del corazón! Yo sé que las tinieblas se esparcen por las profundidades de mi inteligencia; pero tú eres luz; yo sé que espesa oscuridad se levanta sobre las aguas de mi corazón, pero Tú eres verdad.
 
Oh Verbo, por quien todo ha sido hecho y sin el cual nada recibe la vida; Verbo, que eres ante todo y sin el cual todo estaba en la nada; Verbo, que gobiernas todo y sin el cual todo vuelve a caer en la confusión; Verbo, que dijiste al principio: «Hágase la luz, y la luz fue hecha» (Génesis I, 3); dime a mí también «Hágase la luz», y la luz será hecha, y veré la luz, y reconoceré mis tinieblas; porque sin ti tomamos la luz por las tinieblas y las tinieblas por la luz. Sí, sin ti, no hay verdad, sino error; sin ti no hay orden ni prudencia, sino confusión; no hay ciencia sino ignorancia; no hay vista clara, sino ceguedad del corazón; no hay camino recto, sino extravío y emboscadas; no hay vida, sino muerte.
 
Oh luz venturosa, tú no puedes ser vista sino de los corazones puros. «¡Bienaventurados los corazones puros, porque verán a Dios!» (Mateo V, 8). Lávame, virtud purificante; cura mis ojos a fin de que puedan contemplarte. Esplendor inaccesible, haz que un rayo de tu luz eche abajo las escamas de mi antigua ceguedad. Te doy gracias, oh Dios, porque ya veo: ¡dilata mi vista, Señor, dilátala en ti! ¡Corre el velo a mis ojos para que considere las maravillas de tu ley! Gracias te sean dadas, ¡oh luz mía!, porque ya veo, aunque todavía como en un espejo y en enigma. ¿Cuándo te veré frente a frente? ¿Cuándo vendrá ese día de alegría y de gloria en que entre en tu admirable santuario, en que sea saciado mi deseo y vea al que siempre me ha visto? (San Agustín, Soliloquios, cap. III y XXXIV).
 
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
 
DÍA TERCERO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: Quiero conocerte, oh Dios mío
Quiero conocerte, oh Dios mío, a ti que me conoces hasta el fondo de mi corazón. Quiero conocerte, fuerza de mi alma. Muéstrate a mí, consolador mío; ven, plenitud de mi espíritu; quiero verte, luz de mis ojos, quiero hallarte, supremo objeto de mi deseo; ¡quiero poseerte, amor de mi vida, eterna belleza! ¡Consérvete siempre en el fondo de mi corazón, vida bienaventurada y soberana dulzura! Haz que te ame, Dios mío, Criador y refugio mío, dulce esperanza mía en todos mis males. Goce yo de ti, perfección divina, sin la cual nada hay perfecto. Abre las profundidades de mi oído a tu palabra, «más penetrante que una espada cortante» (Hebreos IV, 12), y haz que oiga tu voz. Alumbra mis ojos, luz incomprensible, a fin de que deslumbrados con el brillo de tu gloria, no puedan ver ya las vanidades.
  
Dame, Señor, un corazón que piense en ti, un alma que te ame, un espíritu que se acuerde de tus maravillas, una inteligencia que te comprenda, una razón que esté siempre adherida fuertemente a ti. Oh vida, por quien todo respira; vida que me das el ser; vida que eres mi vida, sin la cual yo muero, sin la cual caigo en la aflicción; vida dulce, vida suave, vida siempre presente a mi memoria, ¿dónde estás? ¿Dónde te hallaré, para que me deje a mí mismo, y no viva más que en ti? (San Agustín, Soliloquios, cap. I).
   
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA CUARTO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: “Te he amado demasiado tarde
Te he amado demasiado tarde, belleza siempre antigua y siempre nueva: ¡Te he amado demasiado tarde! Tú estabas dentro y yo fuera, y aquí era donde te buscaba. Tú estabas conmigo, y no estaba contigo, y tus obras, que sin ti no habrían existido, me retenían lejos de ti. Daba vueltas alrededor de ellas buscándote; pero deslumbrado por ellas, me olvidaba a mí mismo. Pregunté a la tierra si era mi Dios, y me respondió que no, y lodos los seres que están en ella me hicieron la misma confesión. Interrogué a todas las criaturas y me respondieron: “nosotros no somos tu Dios; búscale sobre nosotras”. Y yo volví a mí, entré dentro de mí mismo, y me dije: “¿y tú quién eres?” yo me respondí: “soy un hombre racional y mortal”.
  
Y comencé a discutir lo que esto significa. Profundicé desde más cerca la naturaleza del hombre, y dije: “¿de dónde viene tal ser? Señor mi Dios, ¿de dónde viene, sino es de Ti? Tú eres quien me ha formado, y yo no me he formado a mí mismo. ¿Quién eres tú, por quien todo vive? ¿Tú, por quien yo vivo? ¿Quién eres tú, mi Señor y mi Dios, único poderoso, único eterno, incomprensible, inmenso, que siempre vives, y en quien nada muere? ¿Quién eres tú, y qué eres para mí? Dilo, oh misericordia mía, dilo a tu pobre siervo. Dilo en nombre de tu bondad, ¿qué eres Tú para mí? Di a mi alma: Yo soy tu salud. No me ocultes tu rostro, no sea que muera. Déjame dirigirme a tu clemencia, a mí que no soy más que tierra y ceniza. Déjame hablar a tu misericordia, pues ella ha sido grande sobre mí. Dime, responde, oh misericordia mía, en nombre de tus bondades, ¿qué eres Tú para mí?” Y he aquí que has hecho resonar hasta mí una gran voz en el fondo de mi corazón y has roto mi sordera. Me has iluminado y he visto tu luz, y he comprendido que eres mi Dios, he aquí por qué Te he conocido.
   
Sí, Te he conocido, y he sabido que eres mi Dios. He creído que eres el verdadero Dios, y que el que has enviado es el Cristo. Mal haya el tiempo en que no te conocí, mal haya esa ceguedad que me impedía verte; mal haya esa sordera en la que no te oía. Te he amado demasiado tarde, belleza siempre antigua y siempre nueva. ¡Te he amado demasiado tarde! (San Agustín, Soliloquios, cap. XXXI y Confesiones, Libro 10 cap. VI).
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA QUINTO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: “Mora con nosotros, Señor
Sí, «quédate con nosotros, Señor, porque el día baja y se hace ya tarde» (Lucas XXIV, 29). Las olas de las tribulaciones han subido hasta nosotros; las alegrías del fervor se han cambiado en suspiros, y el soplo de las tentaciones ha removido nuestra alma hasta en sus íntimos pliegues. «Quédate con nosotros», oh tú, paz, refugio y consuelo de los corazones atribulados. Nuestros ojos te imploran, y nuestra alma alterada suspira por ti. «Quédate con nosotros», no sea que nuestra caridad se entibie y nuestra luz se extinga en la noche; porque «el día baja y se hace ya tarde».
  
Ya ha llegado la tarde de mi vida: ya mi cuerpo cede a la violencia de los dolores; la muerte me cerca, mi conciencia se turba, tiemblo al pensamiento de tu juicio, Señor. «Se hace tarde, el día declina; quédate con nosotros». «En tus manos entrego mi espíritu» (Lucas XXIII, 46). En ti solo está mi salud; hacia ti solo sé levantar mis miradas. «Quédate con nosotros», a fin de que emancipándose el alma en la tarde de la vida por medio del fervor del yugo de las tribulaciones, le preparen la oración y el amor una dulce hospitalidad en el seno de Dios. (San Bernardo, en Tesoro de los Santos).
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
   
DÍA SEXTO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: “Oh Dios mío, ten misericordia de los que no la tienen de sí mismos
Oh Señor y Dios mío, cuán grande es la petición que te hago cuando te pido que ames a los que no te aman; que abras a los que no llaman a tu divina puerta, y que sanes a los que no solamente tienen gusto en estar enfermos, sino que trabajan por aumentar sus enfermedades. Tú has dicho, Dios mío, que viniste al mundo a buscar a los pecadores: estos son, Señor, los verdaderos pecadores. No consideres su ceguedad; considera solamente la sangre que tu Hijo derramó por nuestra salvación. Ten misericordia de los que no la tienen de sí mismos, y puesto que no quieren ir a ti, ve tú mismo a ellos, oh Dios mío.
   
Oh verdaderos cristianos, llorad con vuestro Dios; las lágrimas que derramó no fueron solamente por Lázaro, sino también por todos aquellos de quienes Él sabía que no querían resucitar cuando los llamase en voz alta para que saliesen de sus sepulcros.
 
Oh Jesús, ¡cuán presentes tenías entonces todos los pecados que he cometido contra ti! Mas haz que cesen, Dios mío, haz que cesen, así como los de todo el mundo. Salvador mío, sean tus gritos tan poderosos que den la vida a estos desgraciados, aunque no te la pidan, y los hagan salir del abismo tan profundo de sus funestas delicias. Lázaro no te pidió que lo resucitaras; tú hiciste ese milagro en favor de una mujer pecadora. Aquí tienes una, Señor, que lo es mucho más. Muestra, pues, la grandeza de tu misericordia; yo te la pido, aunque miserable, para los que no quieren pedírtela. Yo te la pido en su nombre con la seguridad de que esos muertos resucitarán tan pronto como comiencen a volver en sí mismos, a conocer su miseria y a volver a tu gracia. (Santa Teresa, Meditaciones 8, 9 y 10 después de la Comunión).
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
  
DÍA SÉPTIMO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: “Yo no veo en mí más que imperfección
Oh Dios de mi alma, vos que tanta compasión y amor tenéis por ella, habéis dicho: «Venid a mí, venid vosotros que estáis abrumados de trabajo y de pena, y yo os aliviaré; venid todos los que tenéis sed, y yo os la apagaré». Oh vida que dais la vida a todos, fuente celestial de la gracia, no me neguéis esa agua tan dulce que prometéis a todos los que la desean. Yo la deseo, Salvador mío, yo la pido, y acudo a vos para recibirla de vos.
 
Pero, oh Señor y Dios mío, ¿cómo la que tan mal os ha servido y no ha sabido conservar lo que le habéis dado, puede tener el atrevimiento de pediros favores? ¿Quién puede fiarse de una persona que tantas veces le ha vendido? ¿Qué puede pediros una criatura tan miserable como yo?
 
¡Bendito sea eternamente el que me da tanto y a quien doy tan poco! Porque, ¿qué os da, Señor, una persona que no renuncia a todo por vuestro amor? ¿Y no estoy infinitamente distante de haberlo hecho? Yo no veo en mí más que imperfección, ni más que cobardía por tu servicio, y a veces quisiera ver perdido el sentimiento para no saber hasta dónde llega el exceso de mi miseria. Vos solo, Señor, sois capaz de remediarla; así os lo suplico; no me neguéis esta gracia, oh Dios mío. (Santa Teresa, Meditaciones 2, 8 y 5 después de la Comunión).
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
  
DÍA OCTAVO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: “Oh Dios, cuán pobre es mi alma
Oh Dios, ¡cuán pobre es mi alma! Es una verdadera nada de donde sacas poco a poco el bien que quieres derramar en ella: no es más que un caos antes de que tú comiences a poner en claro todos sus pensamientos. Tú comienzas por la fe a introducir en ella la luz, la cual, sin embargo, es imperfecta hasta que la has formado por la caridad, y hasta que Tú, verdadero sol de justicia, tan ardiente como luminoso, la abrasas con tu amor. Oh Dios, loado seas siempre por tus propias obras. No basta haberme iluminado una vez: sin tu socorro vuelvo a caer en mis primeras tinieblas; porque el sol mismo es siempre necesario al aire que ilumina, a fin de que permanezca iluminado. ¿Cuánta mayor necesidad no tendré yo de que no ceses de iluminare, y digas siempre «Hágase la luz»?
  
Luz eterna, yo te adoro, yo abro a tus rayos mis ojos ciegos: los abro y los cierro al mismo tiempo, no atreviéndome ni a apartar mis miradas de ti, por temor de caer en el error ni en las tinieblas; ni tampoco a fijarlos demasiado sobre ese brillo infinito, por temor de que «escrutador» temerario de la majestad, no sea yo «deslumbrado por la gloria» (Proverbios 25, 27). (Santiago Benigno Bossuet, Elevaciones del alma a Dios sobre todos los Misterios de la Religión cristiana, Tercera Semana, Meditaciones 6 y 7).
  
Las demás oraciones se rezarán todos los días.
  
DÍA NOVENO
Por la Señal...
Oraciones iniciales.
 
MEDITACIÓN: Oh Espíritu, Tú no puedes hallar nada más pobre ni más abandonado que mi corazón
Señor, ¿dónde está tu Espíritu, que debe ser el alma de mi alma? No lo siento, no lo encuentro. Yo no experimento en mis sentidos más que fragilidad, ni en mi espíritu más que disipación y mentira, ni en mi voluntad más que inconstancia, repartida entre tu amor y mil vanas diversiones. ¿Dónde, pues, está tu Espíritu? ¿Por qué no vienes a crear en mí un corazón nuevo según el tuyo? Oh Dios mío, comprendo que tu Espíritu se digne habitar en esta alma empobrecida, siempre que se abra a ti sin tasa y sin medida. Ven, pues, ¡oh Espíritu!; Tú no puedes hallar nada más pobre, más despojado, más desnudo, abandonado y débil que mi corazón. ¡Oh Espíritu! ¡Oh amor! ¡Oh verdad, que eres mi Dios!, ámame, glorifícate a ti mismo en mí. (Francisco Fénelon, Pláticas de afecto, plática 15).
 
Las demás oraciones se rezarán todos los días.