martes, 6 de junio de 2017

LA PRETENDIDA Y NAUSEABUNDA “EDUCACIÓN SEXUAL”

Escribía Pío XI, ...eam tenent... educándi ratiónem, quæ sexuális pútide dícitur” en su encíclica Divini illius magistri. “Educación sexual, expresión maloliente. Para que esta expresión se haya vulgarizado, fue necesario que las costumbres se hayan transformado en costumbres de mono. Expresión nauseabunda, pero aún más falsa que pestilente.
  
Cuando uno lo piensa, decir educación sexual” es tan falso como decir “sistema respiratorio orgulloso. El uso de los órganos de la respiración, no tiene nada que ver con la moralidad; por otra parte, estos órganos no están expuestos a una rebeldía de los sentidos moralmente desordenada. En estos dos puntos hay una diferencia fundamental con los órganos de la propagación de la vida humana (razón por la cual, desde el primer pecado, los hombres no van desnudos).
  
Los que aún quieren hablar en español y, de una manera general, las personas que aún conservan su sentido común y que no desprecian las evidencias de la recta razón natural, han de proscribir de su lenguaje este giro falso, bastardo y hediondo: educación sexual.
  
O bien estudio científico del sistema genital y urinario; pero a menos de ser un gran bobo, ¿quién quisiera imponer a un pequeño adolescente los estudios especializados de la Facultad de Medicina?
  
O bien, diremos formación de la pureza; pero a menos de ser muy vicioso, admitiremos que esta formación exige la mayor reserva; pronto demostraremos por qué; más exactamente, tratemos de entender esta evidencia primera. Porque no se demuestran las verdades primeras, se alcanzan por espontánea intuición. Como máximo, se puede ayudar a que surja esta intuición.
  
O bien, diremos iniciación a la lujuria y a todos los vicios vergonzosos; pero, a menos de ser un repelente crápula, reconoceremos que no entra en las incumbencias de los maestros y profesores, de los pedantes magístri barbudos o afeitados, de las magístræ casadas o de las que antes eran nombradas religiosas.
  
O bien estudio médico, o bien formación de la pureza, o bien iniciación a la lujuria y perversión de los niños; tres realidades distintas, imposibles de confundir, que tiene cada una sus leyes propias y sus propias exigencias en el transcurso de la explicación. De todas maneras con este vocabulario, que es clásico, no se enredan todos los términos, no se disimula bajo la palabra estudio médico el aprendizaje de la fornicación. Lo que es intolerable es el giro “educación sexual" y en la ignominia que se enmascara con este título, es la falsificación del lenguaje y la hipocresía de la conducta.
  
En público se puede dar una enseñanza acerca de la esencia y la dignidad natural del matrimonio y sobre la elevación sobrenatural que Jesucristo le ha otorgado. Es más: se debe dar esa enseñanza en público, según las circunstancias y las personas. Es conveniente predicar en público acerca de la dignidad del matrimonio. Pero eso no tiene nada que ver con dar informes sobre la intimidad del lecho conyugal. La explicación de la esencia y de la dignidad del matrimonio es una cosa que corresponde a una plática pública. La descripción de las manifestaciones íntimas del amor entre los esposos es otra cosa y no es para describir ante un auditorio. Porque estas manifestaciones atañen a los esposos que se han elegido en presencia del Señor: les atañen sólo a ellos y al Señor, no han de ser relatadas. Estas manifestaciones dependen, en lo más íntimo, del amor de persona a persona, el secreto es pues de su patrimonio. Lanzarlas al público sería desnaturalizarlas.
  
Lo que ha de decirse en público no es del dominio de la descripción sino del de la ley moral. En público, lo único que se ha de decir es que la ley del Creador, obviamente, rige estas manifestaciones íntimas del amor a fin de que sean honestas, conformes con su fin, sin vicio, sin oponerse para nada a la posibilidad de generación que está inscripta en el acto conyugal. Otorgue o no otorgue fecundidad el Creador de todos los seres y particularmente de los hombres, eso no está en el poder de los que se unen. Pero lo que está en su poder y lo que está en su deber, es no hacer nada contra la posibilidad de fecundidad que está en la naturaleza misma de este acto.
 
Proclamar esta doctrina es otra cosa completamente distinta que dar al público una descripción. Si no ha de exponerse en público la intimidad del lecho conyugal, no es porque sea, en sí, deshonesta o abominable. Si, por honesta que sea en sí, viniera a ser inmediatamente, por la ostentación y la exhibición, deshonesta y abominable es que entonces traicionaría la naturaleza de su ley profunda que exige pudor y secreto. Porque tal es la naturaleza del amor que las más íntimas manifestaciones de la entrega entre el hombre y la mujer son necesariamente privadas. Esto no se demuestra. Así como no se demuestran los primeros principios de la razón. Cualquier hombre normal, cualquier mujer que no está profundamente pervertida, lo siente.
  
Quien no lo sintiera más, sería un monstruo. Lo único que se puede explicar es que el pudor y la reserva aquí son de rigor por dos razones diferentes pero inseparables; primero por una noble razón que atañe al amor de manera general, luego por una triste razón relacionada con nuestra condición de pecadores. Porque el amor entre el hombre y la mujer, siendo una entrega de persona a persona, y por lo tanto todo lo contrario a una entrega pública, no ha de ser entregado al público en sus manifestaciones íntimas. Por otra parte, desde el primer pecado, el amor entre el hombre y la mujer siendo expuesto al desorden, a la codicia, a la rebelión de la carne contra el espíritu, sería contrario a su naturaleza exponerla a la vista de todo el mundo en sus manifestaciones íntimas como si el mundo fuera angélico y no tuviera deseos turbios. Tal ostentación sería una abyecta provocación. Así es como por estas dos razones el amor exige pudor y secreto cuando se trata de la intimidad del lecho conyugal. Esta intimidad no ha de ser expuesta al público ni directamente (disculpen el señalarlo) ni por modo de descripciones y representaciones imaginativas.
  
La pretendida “educación sexual desconoce las leyes primeras del amor: el pudor y el secreto. Al exponer en público la intimidad del amor, la nauseabunda “educación sexual falsea y desnaturaliza esta intimidad. Es una impostura.
  
Pero, ustedes dirán, el niño necesita saber lo que se refiere a la propagación de la vida humana. Por cierto, tiene derecho a la verdad en esta materia; y eso quiere decir que tiene derecho a que le digan la verdad de una manera que respete y honre el objeto sagrado de sus interrogantes. Además, en estas cuestiones tan profundamente humanas, el niño también tiene derecho a saber que el matrimonio no es lo principal del hombre; el hombre y la mujer pueden ser llamados por Dios para renunciar al matrimonio y a tener hijos, para ofrecerse al Señor con un impulso de generosidad más directo y con una determinación más radical.
  
De todos modos la verdad a la cual el niño tiene derecho respecto a la propagación de la vida humana y al amor es una verdad cuya presentación necesita reserva y pudor. Es pues contrario a la naturaleza, .contra la naturaleza de esta verdad, exponerla en público, describirla ante toda una clase. Lo mismo que proyectar ante toda la clase películas pornográficas.
  
En verdad, no se podría dar respuestas a las preguntas del niño, a sus dificultades o sus desesperaciones en lo que atañe a la transmisión de la vida humana, con los encantos, los deseos y las tentaciones que a ello se refieren, si uno no tuviera en cuenta lo que es el secreto y el misterio de cada niño. Así lo requiere la naturaleza humana misma de las preguntas de cada uno, con las admiraciones, las dificultades o las desesperaciones de cada uno.
  
Vale decir que esto no incumbe al maestro que se dirige a la clase en su conjunto. Eso es cosa de las familias, de cada familia; es el más sagrado de los derechos. Cualquier profesor honesto y con sentido común entiende este lenguaje. En cuanto a los otros que no entienden o que quieren usurpar algo de la incumbencia de los padres, éstos sabrán reprimirlos con enérgicos argumentos para que se atengan a su cargo que forma parte del dominio público. Este cargo es por demás bastante noble y si lo honraran un poco más aborrecerían como un crimen particularmente sucio, ir a correr las cortinas de las alcobas a la vista de los alumnos, en vez de enseñarles a leer buenos autores, escribir correctamente y conocer una historia de su patria verídica y no falseada.
  
El niño, o más bien tal niño, en una edad que no es la misma para él que para su compañero se hace ciertas preguntas particulares acerca del misterio de la vida, que no son intercambiables con las de tal o cual compañero. Espera, sin ni siquiera formulárselo, una respuesta que no ofenda en su corazón el respeto que tiene por su padre y su madre, o una respuesta que no lo vuelva despreciable a sus propios ojos en la lucha que debe llevar para conservarse puro. ¿Cómo contestar convenientemente a preguntas esencialmente individualizadas?
  
Cada respuesta que se da en público pretendiendo llegar a cada niño en su misterio individual, traiciona, de ese mismo modo, la pregunta del niño. Lo que el niño preguntaba no atañía a la explicación pública como la solución de un problema de geometría o una lección sobre la médula espinal. Lo que el niño, cada niño personalmente, necesita saber sobre este tema no depende de la competencia del profesor.
  
Que se acabe lo más pronto posible con la impostura de la pretendida educación sexual. Que los padres no larguen sus derechos sagrados a los “señores maestros” de escuela. Que los maestros rehúsen categóricamente transformar las aulas en anfiteatros de facultad de medicina, en zaguanes de hoteles sospechosos o en salas de cines pornográficos. Que todos los cristianos que aún enseñen a sus hijos el “Dios te salve, María” redoblen las oraciones y pasen a la acción para acabar con la iniciación pública a la lujuria que algunos personajes infames pretenden imponer autoritaria y oficialmente a todos los niños de nuestra patria.
   
ROGER-THOMAS CALMEL OP. Revista Iesus Christus. Año XVIII, Nº 109, Enero-Febrero de 2007.

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